El Sueño
Escribí este cuento para un concurso de cuentos de terror, que nunca envié, por encontrarlo fuera del género. Continúo convocando a quienes quieran aportar imágenes para ilustrarlo.
El chofer está llegando a la esquina. Marta, como siempre, me mantiene divertido, siempre tiene buenas ideas para eso; al fin y al cabo su carrera va en ascenso y creo tener mucho mérito en ese punto. Su negra figura corre hacia el local de venta de vestidos. No hace falta que me diga cuál prenda eligió para su boda, conozco su gusto, la conozco demasiado; es blanco, con lentejuelas, escote princesa, bordado con formas de hojas de laurel.
Yo permanezco dentro del auto, con el negro que Marta consiguió para mí, en la Boca Norte, en la zona de cantinas. Lleva un traje amarillo, de mal gusto, bocón, siempre sonriente, la expresión de los ojos es burlona, como si no pudiera parar de reírse nunca. El brillo de los ojos es pequeño, pero pequeño de verdad. Y él sabe exactamente para qué lo sacamos de su agujero, para mi diversión.
Le grito a Marta, desde la ventanilla. Ella me sonríe, como jugando. Siempre estamos jugando.
Ya me cansé del negro, me aburrió, quiero que volvamos al hotel. Ella me hace señas de que la espere un minuto.
El negro me mete la mano entre las piernas, la saco. Estoy asqueado. Él se ríe, burlón y malvado. Con expresión satisfecha.
Después me coloca en la mano un mazo de cartas, están envueltas en una tela a violeta, me dice que saque tres de ellas. No me obliga a hacerlo, pero en algún punto no tengo opciones. Las miro: la muerte, la decadencia, la sangre. Son cartas que no identifico, pero que entiendo. Miro por la ventanilla del auto. Marta mira un vestido en la vidriera, está salpicado de sangre, y su vientre está manchado de sangre también.
Me despierto. Un sabor amargo y pastoso en la boca. Otra vez ese sueño del cual no tengo exacta memoria. Veo un hombre, que tendría que ser yo, tal vez rubio, pero no soy rubio, vestido a la moda de los cuarenta, pero no vivo en esa época. Homosexual, buscando sexo, en compañía de una amiga famosa, cocainómana.
No recuerdo ningún nombre de los que se escuchan. Pero no soy yo, estoy seguro. Necesito llamarte por teléfono, hablarte. Marco tu número, sólo espero que me atiendas cuando tengo este sueño, tu voz me tranquiliza.
Atendés. Es una suerte que existas, Marta.
Ya es hora de salir hacia el trabajo. Me miro en el espejo, no soy feliz, no reflejo eso.
El sabor amargo y metálico me perdura en la boca. También me perdura la imagen de la sangre saliendo del cuerpo de esa mujer desconocida. Una y otra vez en mi retina. Repetición.
El subte. La sangre. El diario de hoy. La mano entre mis piernas. Mi maletín. El ascensor. Un cuchillo.
Te llamo, hoy es viernes, los viernes salimos a cenar.
Todos los viernes discutimos el menú. Te conozco demasiado, sos tan familiar. Cuatro años de familiaridad, no dormimos juntos. ¿Cuando fue la última vez?
Tengo sueño…
Y el reloj otra vez en la mesa de luz, y el techo gris, luz de la calle entrando por la ventana. Me sumerjo.
En la barra de un bar tomo wisky, me río con afectación. Dos chicos de traje me halagan y me hacen reír. Sé perfectamente que es por interés.
Pero el rubio de saco rayado, me gusta, me hace fantasear con una noche sobre su pecho rubio.
Marta está cantando esas melodías que la hicieron famosa en Bogotá, en Nueva York, (no hay que olvidar que sin mí no habrías salido del bar donde te encontré).
¡Como te movés viniendo hacia la barra! El rubio te mira, ya no soy el centro de su atención. Te odio. Me siento simbiótico con vos, y algo en eso me obliga a pensar en tu destrucción: que caigamos los dos en el mismo infierno.
- Marta: ¿cómo estuve? Hubo mucha gente aplaudiendo de pie ¿los viste?
-Claro, fuiste una diosa que encandilaba y seducía.
-Jajaja.
Hablamos con los chicos de traje, dos niños bien, aburridos de su vida solucionada y cómoda. Buscando en qué divertirse.
La limo nos espera en la puerta del Cotton, nos vamos los cuatro. Champán, cocaína, besos. Tu apartamento. Me olvido que te odio por hoy.
Me despierto en erección. Excitado con una orgía que no es la mía. Con hombres, con una mujer oliendo a alcohol que no conozco. No entiendo nada. Tengo resaca. No tomé alcohol anoche, pero tengo dolor de cabeza y me siento mal. Llamo al trabajo, no puedo ir con este grado de sensación irreal que me aturde. Trato de pensar en vos, el hermoso recuerdo del viaje a Colón. Hace tanto tiempo, ya. En realidad hace sólo dos años.
Me miro los puños y los tengo cerrados e intento recuperar las últimas sensaciones antes de este momento, y no puedo. Algo me remite a la sensación de tener tetas. ¿Pero qué mierda es esto?
Vagabundeo por la ciudad. Compro una lata de cerveza, la tomo en una plaza, tratando de marearme con información. Vuelvo a casa, nadie me llamó. Nadie preocupado por mis extraños procesos. Trato de pensar en mis amigos, en el picado de los jueves, pero no puedo, no soy yo, ya no soy yo el que habla de fútbol con los pibes del laburo.
Mis amigos. Pato, anda corneando a la mujer con una pendeja de secundario (ojo tiene dieciocho)! Pero también con la con la facha que tiene!… y esos ojos verdes que te miran como…
Y estoy en la cocina. Y estoy con un cuchillo en la mano.
Placer que tiene que ver con el sexo, y me hace arder en algún punto entre el estómago y el pecho. Y me da placer, más placer…
Salgo desesperado a la calle, no veo a la gente, ni a los edificios. Un callejón: me siento en el piso contra una pared, jadeante, excitado. Dos chicas se saludan en la esquina. Una cruza la calle. Y yo sólo tengo una intención. Desgarrarla, sentir la sangre caliente.
La tumbo desde las pantorrillas. Sangre. El recuerdo de un vestido salpicado, en la vidriera.! Y como quema mi estömago! ! Quema! Después, un recuerdo que me asalta: estoy en la cama con una almohada, la até con una corbata y la di forma de mujér, tengo una navja y la estoy clavando muchas veces, donde debería estar su estómago. Me siento caliente.
Me aterroriza dormirme, pero el cansancio me obliga. El reloj, el techo y el terror de nuevo… tengo sueño.
El productor resultó ser un ex amante mío. Canoso atlético, muy culto. Nunca me perdoné haberle hecho una escena de celos por ser el segundo en prioridades. Me gustaba de verdad.
Marta lo seduce. Con esa gracia de mulata que lleva en la carne. Yo me debato entre mis intereses y la envidia de saber que esta noche no voy a ser yo a quien tenga entre sus piernas. Marta se va con él. Yo deambulo por las calles.Me emborracho para anestesiarme.
Tengo la llave del apartamento de Marta, ella duerme después de una noche agitada.
¡Basta! De sueños que no son míos. Pensamientos que no son míos. Sé quién soy, quienes son mis amigos, quién es mi mujer: Marta.
Mi trabajo, mis libros, mi pasado.
Hace frío, no entiendo exactamente por qué estoy desnudo y mojado. Miro por la ventana, está cerca el amanecer. Miro el cuerpo blanco, demasiado blanco quizás. El estómago de Marta está destrozado, como si alguien hubiera escarbado con saña para encontrar su matriz. No busco explicaciones pero siento una paz indescriptible.
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